Blog-Novela

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martes, 25 de marzo de 2014

Capítulo 2: La llegada de Misifú

Capítulo 2: La llegada de Misifú



Era una tarde soleada, había una suave brisa que recorría cada lugar de la casa, se levantó al escuchar el canto de los pájaros que ya habían anidado en la terraza, a ella no le molestaban, le parecía un espectáculo maravilloso cada vez que los veía andar.

Misifú no era una simple gata, se había convertido en un miembro más de la familia, tanto es así, que le habíamos asignado un lugar en la mesa, donde ella mostraba sus buenos modales. No sólo la habíamos domesticado, sino era tanto amor que le brindábamos que ella era feliz, una gatita muy feliz.

Llegó ahí a los pocos días de nacida, alguien con mal corazón la había abandonado a ella y a sus tres hermanos en una desastrosa cajita de cartón, muy cercana a un gran árbol que había en el campo.

Yo tenía 9 años, acompañaba a mi mamá a la tortillería. La verdad siempre me había levantado tarde, pero ese día en particular, me parecía especial. Había mucho sol, pero era un día de sol de ese que disfrutas. Yo asistía a la escuela en la tarde, así que mi mamá me levantó para desayunar.

Ibamos rumbo a la tortillería cuando de repente escuché unos maullidos. A mi madre no le gustaban los gatos, así que hizo oídos sordos y seguimos caminando. En el camino le dije que había escuchado a unos gatitos bebés llorar, traté de convencerla. Así que cuando regresamos, me permitió ir a ese árbol gigante que estaba enfrente de nuestra casa.

Mi hermanita Alexa me acompañó, al igual que a mí, a ella le encantaban los gatos y cuando regresamos de la tortillería le dije, salimos corriendo rumbo al árbol gigante que estaba en el campo.

Ahí estaban, dentro de una cajita de cartón, ya ruñida. Creo que lloraban de hambre. Eran cuatro hermosos gatitos, uno era color gris, otro amarillo, y dos eran pintitas. Hace tiempo, un tío me había enseñado como distinguir a los machos y hembras. Pero mientras le decía a mi hermana quien era gato y gata, unos grandes ojos verdes y un maullido angelical me enamoraron. Ella, era la única que habría abierto los ojos, todos los demás aún no los abrían. La gatita de ojos verdes caminó hacia mí. Y sus maullidos fueron como palabras ante nosotras. La puse en mi pecho y la abracé para que no se sintiera solita. Quería hacerla sentir, que yo, una humana podía amarla como si fuera mamá gata.

Mi madre sólo nos había dado permiso para traernos uno. Cuando cargué a esa gatita pinta de grandes ojos verdes, mi mamá ya nos gritaba a Alexa y a mí que nos fuéramos a comer. Yo no podía ser tan cruel y dejar a los demás gatitos ahí. Que tal y que nadie se los llevara y se murieran de hambre. Así que a escondidas de mamá, Alexa y yo escondimos a los tres gatitos en la casa de madera que estaba atrás de la casa. Nos los llevamos en la misma cajita destrozada e hice jurar a mi hermana que no dijera nada. A ojos de mi mamá, sólo llevaríamos a un gato, que más bien, era gata.


—Les estoy gritando Elisa, que ya se vinieran a comer, ¿qué tanto hacían?

—Nada mamá, tú nos diste permiso de ir a ver a los gatitos.

—Sí, sólo te permití que trajeras uno ¿dónde está Alexa?

—Fue al baño—le mentí a mi madre— Pues Alexa andaba escondiendo los gatitos en el “tejaban”, así le decíamos a la casa de madera color azul, que estaba al fondo detrás de la casa.

—Bueno, quiero que comas, para que ya te vistas, ya te dejé el uniforme para que te vayas a la escuela. No tarda tu hermano Eddy en llegar.

—Pero mamá, que vaya Eddy nada más a la escuela. Yo me tengo que quedar a cuidar a mi gatita.

—¿Pero qué dices?—me lanzó mi madre una de esas miradas que te quieren comer—¿Cómo que no vas a ir a la escuela? No te estoy preguntando Elisa, todos los niños van a la escuela. Tu gata se queda aquí, dale gracias a Dios que te dejé que te quedaras con ella. Deberías estar agradecida.


Y como muchas veces, dejando a mi madre hablando sola en la cocina, le pregunté a Alexa si todo estaba bien con los gatitos. Mi hermana le dijo a mi mamá que andaba jugando, para así poder transportar la comida y que mi madre no sospechara nada.

De camino a la escuela, sólo esperaba que mi madre no descubriera el secreto mío y de mi hermanita. Pues las dos estaríamos bien fritas. Más yo que ella, pues dice mi madre que yo soy la que debo de dar el ejemplo. Le llevo 5 años a Alexa, la prudencia debe caber en mí. Esas eran las palabras de mi madre, cada vez que me regañaba por algo que Alexa y yo hacíamos. Al final de cuentas, yo era la que pagaba los platos rotos, por ser la mayor.

Pero aún con el miedo que mi mamá descubriera a los demás gatitos, yo me sentía feliz. Mi madre al salir de casa y darme su bendición, me preguntó si ya tenía nombre para mi gatita. Le dije que aún no. Que lo pensaría. “Puedes ponerle Misifú”, me dijo mi madre.

Al llegar a la escuela, me senté en los pupitres de atrás, había olvidado, con la emoción de los gatitos, de hacer los problemas de Matemáticas que me había dejado la maestra. Las Matemáticas no eran lo mío.

—¿Qué haces Elisa?—me preguntó con sorpresa mi amiguita Claudia.

—Olvidé hacer los problemas—le respondí, secándome el sudor que me corría por la frente.

—Tú, la niña más bien portada de todas, tú, olvidando la tarea.

—Pues sí, qué quieres que haga, es mejor hacerla a la carrera, que no entregarla. Además yo estuve muy ocupada en la mañana.

—¿En qué Eli?, si te la pasas dormida toda la mañana.

—Ash Clau, más que mi amiga, pareces mi enemiga, todo me cuestionas. Mira, para que veas que soy buena, te voy a decir algo. Tengo cuatro gatitos en casa, y eso es genial, lo único malo es que mi madre no sabe que tengo tres escondidos en el 'tejabán'.

—Órale Eli, y si se da cuenta, te va a regañar, y puede que hasta te los tire.

—Cállate, que la boca se te haga chicharrón, no me eches la sal. Bueno, te cuento en el descanso, déjame seguir con ésto ¿sí?


Y ya acabando mis problemas de Matemáticas, sólo esperaba que la tarde se me fuera rápido para llegar a casa y ver a Misi. Sí, había decidido llamar a mi gatita, la más hermosa: Misifú.

Tocó un largo timbre y todos mis compañeritos aventando mochilas para salir al recreo. Mi madre, siempre me ponía lonche, yo nunca quería llevarlo, prefería llevar monedas y comprarme algunas golosinas y frituras en la cooperativa. A esa edad, nos gusta más la comida chatarra que lo nutritivo.

—Adivinen qué niñas—gritó la niña más chiflada y alocada del salón—Eli tiene cuatro gatitos, me lo dijo Clau.

—Más bien te chismeó, que es diferente—le dije a Marilyn en tono de fastidio.

A Marilyn le gustaba siempre andar de chismosa, y andar inventando todo lo que se le ocurriera, era una niña tan extravagante, una niña de 9 años, al igual que yo, pero con mentalidad de señora chismosa. Una 'Susanita' demasiado evolucionada, pues todo su sueño era casarse y tener un montón de hijos.

—Ay Eli, no seas así—no te enojes. Sí lo sabe Dios que lo sepa el mundo.

—No, si no me enojo Marilyn, yo nada más decía, tú que todo sabes y eres tan... tan... comunicativa.

—Pero cuéntanos, ay no seas mala, dame un gato.

—Ay Marilyn no sean necia—le dijo burlándose Itzel—, en tu casa muy apenas tienen para comer, vas a tener para alimentar una boca más. Mira cómo traes los zapatos.

—Ay cállate tú huerca, te crees de la Del Valle—le respondió Marilyn encolerizada.

—Bueno niñas—les dije para tranqulizar—no hay nada que contar, sólo que tengo cuatro gatos y una de ellas se llama Misifú, eso es todo lo que tengo que contar. Mejor que Gina nos cuente lo que nos iba a platicar ayer en el recreo cuando tocó el timbre.

—Sí, es cierto, a ver Gina, dinos ándale—gritó Marilyn con voz pillona.

—Bueno niñas, les cuento—respondió Gina—, pero si les da miedo, yo no tengo la culpa eh. ¿Se acuerdan de la maestra Rebeca?—sí, respondimos al unísono, Claudia, Marilyn, Itzel, Amanda, Yasmina y yo.

Bueno, pues dicen que le dio un infarto, y que ya no va a regresar a la escuela. Que porque uno de esos días ella se quedó muy tarde, ya cuando todos nos fuimos a nuestras casas, ella se quedó revisando papeles y demás. Entonces que la maestra Rebeca fue al baño de mujeres, y que vio algo espantoso en el baño, era una muñeca, la muñeca diabólica que cuentan todos que se aparece en el baño. La pobre maestra Rebeca la vio, ya no había nadie en la escuela, sólo el conserje en su casa de alla atrás. Así que Don Rubén la encontró tirada afuera del baño. La llevaron al hospital. El doctor les dijo que le había dado un infarto.

Todas nos quedamos con la boca abierta cuando Gina terminó de contarnos de lo que le había pasado a la maestra Rebeca. Yo no lo podía creer. Gina era una niña muy fantasiosa, ya nos había platicado antes que la escuela estaba llena de tumbas porque en realidad antes había sido un panteón. Nos había contado todas las historias de terror habidas y por haber. Así que esto me había parecido una falta de respeto. Pues bien sabíamos, que la maestra Rebeca ya no iba a regresar a la escuela, ya se estaba buscando su sustituta. Y también sabíamos, que le había dado un infarto. Pero la historia de Gina, era difícil de creer. Nos retiramos al salón silenciosas, las siete, sin saber que decir. Sólo nos miramos entre todas y no volvimos a decir nada sobre lo ocurrido con la maestra Rebeca, según Gina.

Mi hermano Eduardo, también está en la misma escuela, pero un año menor que yo. Al terminar las clases nos reuníamos en el patio central para irnos juntos en el transporte escolar. Yo que era la mayor, me sentía responsable por él.

No le dije nada a Eddy de la historia de la maestra Rebeca, sólo le platiqué del secreto que teníamos Alexa y yo. Me dijo que no le diría nada a mamá, que nos ayudaría también en darles de comer y ver cómo se encontraban.

Llegamos a casa, mi mamá ya tenía la cena servida como era costumbre. Me dirigí al patio y ahí estaba Misi, mi mamá le había puesto una colchita tejida para que se sintiera más a gusto. En esa época, mi papá estaba construyendo la planta alta, y estaba ampliando más la casa. Originalmente la casa era muy pequeña, pero para mí papá había sido una ganga. Cuando éramos más pequeños todos nos dormíamos juntos en una habitación. Hasta que mis hermanos y yo fuimos creciendo y pedíamos más espacio. Así que mi papá comenzó a invertir en la casa y hacerla más grande.

Para los vecinos éramos los nuevos ricos, pues de una casa pequeña, la casa fue ensanchándose cada vez más, hasta convertirse en la casa más envidiada por muchos. Pero no se trataba como le dijo a mi madre una vecina envidiosa, que nos hayamos sacado la lotería, se trataba ni más ni menos del esfuerzo diario de mi padre, del sudor de su frente, de sus ahorros, de sus inversiones. Pero que puede uno esperarse de unos vecinos envidiosos que ni para trabajar y estudiar ponen empeño.

Cuando Misifú llegó, la casa aún no estaba ampliada, la planta alta se encontraba en obra gris. Pero a veces, con permiso de mi padre, mis hermanos y yo subíamos a jugar con los patines, los cuartos eran amplísimos y sin muebles pues nos divertíamos de lo lindo. Y Misi era nuestra compañera de juegos. Los otros tres gatitos vivían escondidos en el 'tejabán'.

Pero ese secreto no podía ocultarse por más tiempo. Los gatitos crecían y crecían. Y un día cuando mi madre lavaba la ropa, se le ocurrió entrar al 'tejabán', y fue ahí cuando el secreto entre los tres, habría sido descubierto.

El regaño fue en general, pero yo, era la que debía poner el buen ejemplo, la prudencia debía caber en mí. Mi madre siempre fue de carácter fuerte, exigente, pero en el fondo era tierna y amorosa y terminaba por concedernos nuestros caprichos. Así que nos permitió, tener a los cuatro gatitos.

La gatita que era parecida a Misifú, a la que llamamos Ojitos, una tarde desapareció. Debimos suponer que alguien se la había llevado, pues ella siempre se ponía en un escaloncito cerca del porche. Al gato amarillo, que mi hermana Alexa se apropió como su única dueña. Un día fue atropellado por un  autobús. Y la gatita gris, al año siguiente salió preñada, mi mamá la regaló a una señora. Sólo me quedé con Misi. Ella y yo éramos inseparables.

Cuando Misifú tenía un año y algunos meses estaba preñada. Se puso bien gorda, a veces se cansaba de caminar y se la pasaba horas tomando el sol en la azotea, con la panza boca arriba. Otras veces le gustaba dormir en uno de los sillones del cuarto de Alexa.

Ya faltaba muy poco para que Misi se aliviara, ese día en la escuela escogerían a los mejores alumnos para llevarlos a un museo, yo quería que me escogieran a mí, quería ir al Planetario Alfa. Así que no dormí por los nervios, que tal si no me escogieran, eso afirmaría que era una alumna regular y sobre todo no tendría el privilegio de ir al museo. Pero cuando bajé a la cocina por agua. Escuché que Misi se quejaba, lloraba extraño a como lo solía hacer. Así que al abrir la puerta de la cocina y salir al patio vi que Misifú estaba cerca del boiler pariendo.

Eran las 11:30 de la noche y desperté a mi madre, le dije lo de Misi, y mi mamá asustada, sin saber que hacer, le habló por teléfono a uno de los hermanos de papá, el que sabía mucho de gatos. Mi tío vino de inmediato a la casa y ayudó a Misifú, pues uno de los bebés de Misi, estaba muy grande y se había atorado.

Los bebés de Misi estaban en perfectas condiciones. Misi se encontraba agotada, creo que también para ella fue una gran experiencia. Coloqué a sus bebés en una alfombrita y Misi fue con ellos para alimentarlos. Seguramente sería buena mamá gata. Eran cinco gatitos bebés hermosos.

A mi mamá también le gustaron. Dimos las gracias a mi tió y se marchó.

—Bueno hija, ya duérmete—me ordenó mi madre.

—Sí ya voy mamá, déjame estar un ratito con los gatitos.

—Mañana hay escuela y tienes que levantarte muy temprano.

—No mamá, no quiero ir.

—Pero cómo, no estabas tan entusiasmada de ir al museo.

—Eso era antes, los bebés de Misi no habían nacido. Prefiero quedarme con ellos y no ir al museo mañana.

—Ay Elisa, hija vete a dormir por favor.


Con la novedad de que Misi era mamá, no quise ir a la escuela, ni me importó el museo ni nada. Mi mamá a regañadientes entendió mi chiflazón. Así que no sólo le hice compañía ese día a Misi, sino también a mi mamá. Pues Alexa ya había entrado al Kinder y mi mamá se quedaba sola por las mañanas. Eddy también se emocionó con los gatitos, pero él si había asistido a la escuela.

Mi mamá me convenció de llevar a Misifú a esterilizar, pues no quería más gatos en casa. Yo obedecí, no pude oponerme, me pareció lo más sensato. Llevamos a Misi a la veterinaria después de unas semanas que había dado a luz a sus bebés. Creo que Misi también entendió y se portó muy bien. Al siguiente día por la tarde, el doctor nos llevó a Misi a la casa, con una gran rajadota en la panza. Pero ella estaba bien y podía hacer su vida normal.

Un sábado en la madrugada mi mamá nos levantó muy temprano a mis hermanos y a mí, pues ese día iríamos a Laredo, de compras, como era costumbre nos levantamos en la madrugada para llegar allá de mañana. Yo nunca dormía, pues sentía una especie de nervio dormirme cuando papá manejaba en carretera. Ese día en especial, a lo largo del viaje, había mucha niebla. Mi mamá le sacaba plática a mi papá, para que éste no se durmiera. Adelante, en otro auto, iba mi abuela Ofelia, mi tía Carmen, mi tío Héctor, ellos también iban de compras.

Pensé en Misi y sus bebés, cómo estarían. Todo el camino me la pase con dolor de estómago. Quien sabe que me cairía mal, no disfrute las compras. Sólo pensaba en llegar a casa y dormir lo que no había dormido. Mis papás llenaron la camioneta de muchísimas cosas. Mis papás me mandaron en el otro auto, pues no había un lugar para poder sentarse.

Y así en la carretera, mi abuela y mi tía platicaban, casi susurraban, para que yo no escuchara. Yo sólo veía oscuridad en la carretera. Mi tío iba con la boca abierta pero muy dormido. Mi tía y mi abuela seguían platicando. Hablaban de una de mis tías, que les había platicado que a lado de su casa se aparecían dos niños, esos dos niños se sentaban en la ventana de una casa en construcción.

Ahí se aparecían todas las noches. Los vecinos podían oír sus risas pasadas las 12 de la noche. Mi prima Elena, los había visto y los había escuchado. Mi tía Sofía tenía miedo, pues no entendía porque esas dos almas en pena tenían aterrada a toda la colonia. Mi abuela sugería a mi tía que manejaba con mucho cuidado por la carretera, que había que hacer algo, rezar, rezar por esas almas.

Yo sólo escuchaba temerosa la plática. Y de pronto, un rechinido de llantas, y el grito de mi abuela nos hizo gritar a todos. Mi tía frenó con todas sus fuerzas, el rechinido de llantas era su carro. Mis padres venían atrás de nosotros y pararon su marcha. Por poco, nos vamos al vacío, si mi tía no hubiera frenado de esa manera, nos habríamos salido del camino.

Mi tía no le dijo nada a mi papá, sólo le dijo que había dormitado. Pero la razón verdadera, es que, mi tía frenó, porque vio a una niña en la carretera, y quiso esquivarla, perdió el control y estuvimos a punto de irnos con todo y carro al vacío. Todos gritamos, pero nada dijimos sobre la niña que vimos en la carretera. Hubo silencio, temor y nerviosismo. Mi abuela rezaba. Y ya no supe nada más de la historia terrorífica de los niños que se aparecían en la colonia de mi tía.


★ ★ ★




Pasaron los años, Misifú y yo éramos inseparables. Sentía tristeza dejar a Misi sola durante las mañanas cuando salía a la escuela, pero sabía que pasaríamos toda la tarde y noche juntas. Cuando tenía 12 años, Misi acostumbraba dormirse en la cama, cerca de mis pies, sintiéndose tranquila, escuchabámos la radio por las noches, desde música rock en español, rock en inglés y relatos de terror, de un programa que se llamaba La Mano Peluda. Todas las noches, de 10 a 12, escuchábamos relatos de terror de la gente que llamaba a la radio; a veces nos ganaba el sueño y otras nos quedábamos al final. Misifú era inseparable, ahí estaba al pie del cañón conmigo, yo la adoraba y le lanzaba miradas de ternura y felicidad.

Una noche, cuando apagué la radio, las ventanas se cimbraron, hubo mucho viento, la energía eléctrica se cortó, y el cuarto se abrió de manera sorpresiva, como si alguien la hubiera abierto, pero ésta estaba cerrada. Sentí miedo, y quise esconderme tras las cobijas, pero la curiosidad hizo que me levantara y fuera a investigar.

Mi gran sorpresa fue ver en el pasillo una silueta muy alta, una especie de charro negro estaba parado al final del pasillo. Corrí al cuarto y temblé abajo de las sábanas. Misifú también corrió. Ambas vimos algo paranormal, alguien nos había visitado. No era un relato de La Mano Peluda, ahora estábamos viviendo nuestro propio relato. Una experiencia que nos acompañaría quizá el resto de nuestras vidas.

lunes, 24 de marzo de 2014

Capítulo 1: Regreso a casa



Capítulo 1: Regreso a casa




Le contesté a mi madre que si aceptaría regresar vivir a la casa. Ni siquiera lo medité; con tal de salir de la casa de mi suegra, donde las hermanas de Alejandro me habrían tratado con la punta del pie, lo menos que quería era seguir compartiendo el mismo techo con esas arpías.

Sin dudarlo, le dije a mamá que a finales de marzo nos iríamos Alex y yo a 'cuidar' la casa, que no se preocupara, que todo estaría bien. En esos momentos no recordaba o no quise recordar todo lo vivido. Los recuerdos sólo eran negativos viejos y borrosos en mi memoria. O eso quería creer.

Poco sabía Alex, sólo le había contado pedazos de una historia que quería dejar en el olvido. Creo que él pensaba que yo era demasiado novelera, y que había visto demasiadas películas como para tejerme una historia, y que todo era producto de una imaginación muy desarrollada.

Hace ya más de un año, cuando andábamos en el carro, le hice mención sobre   la casa en la que había vivido casi toda mi vida, y de la cual había dejado unos años, en la que salí huyendo o más bien algo hizo que huyera realmente.

No creo que quieras saber por qué salí de esa manera de casa de mis padres le dije, con cierto tono de ironía.

Pues, nunca has querido. Sólo lanzas frases a medias, pero no quieres ahondar.

Lo que tenga que decir no es para escépticos- señalé — como justificándome.

Pero deberías de confiar en mí. Las parejas se cuentan todo ¿o no?

No siempre Alex. No siempre. A veces uno tiene sus secretos. —lo dije más para mí que para él.

Pero no quiero que tengas secretos conmigo.

Está bien. Algún día, cuando tenga tiempo te contaré. La historia es larga.


Y mientras Alex manejaba rumbo a casa, absorta en mis pensamientos, dudaba un poco sí platicarle todo a Alex, y no por falta de confianza, sino porque no quería de nuevo tratar de entender lo ocurrido. Ya que uno siempre quiere interpretar los hechos, pero a veces la comprensión sale sobrando.


★ ★ ★

Ese domingo de visita a casa de mis padres, le conté a mi mamá que mis cuñadas me estaban haciendo la vida imposible. No sabía por qué, pero así era. Eso podía afectarle al bebé, así que quería pasar los últimes meses de gestación en una ansiada tranquilidad.

Mi madre me observó, y me dijo que le comentaría a papá, lo de la idea que habíamos tenido de vivir unos meses en aquella casa, mientras esperaba mi crédito hipotecario. Y sobre todo, lo más importante, la llegada del bebé.

Las dos convenimos en que era lo mejor, para mi tranquilidad y la del bebé, pues hacía unas semanas que me habían dado de alta de la clínica por una amenaza de aborto. Mi primer bebé. Amaba a mi bebé y no quería perderlo.

Esa tarde comí con mi madre y Alexa, mi hermana menor. Fuimos un rato al parque. Yo ya no podía caminar con agilidad, me pesaba la panza, sentía una enorme barriga, eso que apenas tenía cuatro meses de embarazo. Si alguien me veía por la espalda pensarían que no estaba embarazada, era sólo mi panza la que sobresalía. No, aún no tenía la seguridad del sexo de mi bebé.

Oscurecía, mi padre ya estaba enterado que quería regresar a aquella casa. No opinó, sólo dijo que le parecía bien. El pasado estaba enterrado. Ahora lo importante era el bienestar, y si mis cuñadas no me lo brindaban, yo debía volar de nido.

—Bueno, ahorita que venga Alex platicamos con él.—dijo mi madre.—Que sepa que decisión has tomado—.

—Si mamá, déjame le marco.—Cojo el celular.

—<<Alex, puedes venir por mí ya. Es hora de ir a casa>>.

—<<Sí amor, voy para allá>>.

—Ya viene mamá.

Guardo el celular en mi bolsa, mientras esperamos a Alex, mi papá me dice que no me preocupe por nada, que ellos se harán cargo de los recibos para los servicios básicos de la casa. Sólo hay que darle una manita de gato, pues abandonaron la casa hace cuatro años aproximadamente.



                                                       ★ ★ ★



Ya tomada la decisión de irnos de casa de mi suegra. Alex y yo nos dirigimos a casa a dormir. Nos esperaba una jornada larga. Teníamos que preparar la mudanza. Las mudanzas son desgastantes. Si lo sabré yo, que me he mudado más de diez veces. No había encontrado todavía mi hogar, y ya era hora que me establecería, pues ya con un bebé, sería difícil andar de aquí para allá.

Cuando le comentamos a mi suegra Magda que pronto nos mudaríamos de casa, para ya no tener problemas con sus hijas, le dio tristeza. Ya estaba acostumbrada aún con peleas y problemas, a que todos estuviéramos ahí. A que compartiéramos la casa. Más aún, que Alex, es uno de sus hijos favoritos, al que consiente demasiado. Ella lo ha maleducado un poco, nunca le puso límites. Y le dio demasiada libertad, cosa que yo, en lo particular, no estaba muy de acuerdo.

—Hija, pero ¿por qué se van?

—Ya le habíamos dicho suegra, que sí las cosas seguían igual con Miriam, teníamos que abandonar la casa. Yo no voy a seguir aguantando más discusiones. Y ahora con lo del bebé, menos.

—Te entiendo hijita, ¿ya lo tienen decidido?

—Sí mamá—refunfuñó Alex—, ya está decidido, no hay vuelta de hoja. Así lo quiere Elisa.

—¿Y cuándo se van?—preguntó mi suegra con tristeza.

—El sábado que viene —digo mirándole—.

—Pero es el cumpleaños de Alex —afirma.

—Lo sabemos mamá —le dice dándole un beso en la frente—, aún así nos marcharemos ese día.


Y a decir verdad, la señora Magda, era como mi segunda mamá. No todas las suegras son espantosas como las pintan la mayoría. Creo que soy afortunada de tenerla. No sólo me abrió las puertas de su casa sino de su corazón. Pues me hice confesiones que no a cualquiera se las daría. Y yo gustosa la escuchaba con el afán de que pudiera desahogarse, de liberarse. Pues en sus ojos se escondía una tristeza añeja, que yo a lo lejos podía oler.

Esa noche no pude dormir, creo que eran ya muchas emociones en los últimos días. Necesitaba estar sola, estar conmigo misma. El tener un bebé no es cualquier cosa, no es una mascota ni un mono de peluche. Yo no tenía idea para nada de bebés, mi mundo estaba muy alejado de las mamilas y las chupetas. Dios mío, me sentía tan pero tan ignorante. Que aún con miles de libros sobre bebés no llenarían todas las lagunas que profería mi mente.




★ ★ ★



Llego el cumpleaños de Álex y ese día nos mudaríamos. Me levanté temprano. Sentí demasiadas naúseas. Algunas cosas ya las había guardado con anticipación las noches anteriores, en las que me desvelaba viendo novelas de antaño, pero era la única manera de distraerme. A veces me daba por tejer, tejía con un estambre azul, haciendo chambritas para cuando naciera mi bebé. Alguna que otra lágrima se me escapaba y se evaporaba así de rápido con el calor que se sentía en el cuartito.

Me dirijí a la tienda antes de ponerme manos a la obra, también me faltaban bolsas grandes negras de plástico para guardar más ropa entre otras cosas. Me compré un jugo grande de naranja y unas galletas para apaciguar mis tripas. Tenía mucha hambre, pero quería acabar antes de que llegara Alex del taller mecánico. A buena hora andaba fallando el carro, pero lo necesitábamos para transportar nuestras cosas.

Alex tardó tanto en llegar para que me ayudara. Le reclamé su tardanza, ya se me había olvidado, con lo de la mudanza, que era su cumpleaños. No recuerdo si lo felicité, más si le di un gran abrazo y lo apuré para ir guardando nuestras cajas, bolsas; nuestros recuerdos también iban ahí en ese par de maletas y objetos sin valor.

—Son muchísimas cosas Elisa —me regañó Alex— ¿No prefieres que dejemos la mitad para después?.

—No, no quiero regresar y ver las carotas de tus hermanas. Prefiero que lo llevemos todo, aunque sea agotador. En verdad lo prefiero.

—A ver si el carro nos nos hace una mala jugada.

—Esperemos que no, vamos apurarnos, para poder en la noche celebrar tu cumple, ¿Qué te parece?

—Bueno vamos.


Muy apenas pudimos acomodar las cosas en el carro, por fortuna no teníamos muebles que transportar, sólo algunas mesitas y estantes. Mis papás acordaron conmigo de que ocupara las cosas básicas que se habían quedado en la casa. Al parecer habían dejado algunas cosas, no todo se habían llevado cuando al igual que yo, también se habían salido de esa casa.

Sentí escalofríos cuando Alex apagó el motor del coche. Habíamos llegado. Busqué torpemente las llaves que mis padres me habían dado. Al estar frente a la reja que rodeaba el porche sentí como una oleada de brisa fresca sacudió mis cabellos.

No dije nada a Alex, sólo abrí la cerradura de dos candados que se encontraban en el porche y abrí también la puerta principal. Ambas cerraduras ya estaban viejas y oxidadas, batallé un poco para abrirlas.

Alex bajaba nuestras cosas, y yo con un pie dentro de la casa, no quise dar marcha atrás, ya estábamos ahí. ¿Qué podía pasar? Creo que ya era cosa del pasado. Y como quien saluda a un viejo amigo. Me escuché decir. <<Aquí estoy otra vez, he regresado>>. Nadie respondió.

La pintura de las paredes estaba desquebrajada, los muebles tenían mucho polvo y podía ver que en ciertos rincones de la casa había telarañas. Era una casa muy grande para dos personas. Habría que elegir una habitación de las seis habitaciones. Atrás de la casa, había una casa de madera que mi padre había construido hace años, todavía estaba ahí, la miré desde una de las ventanas de la cocina. La madera había sido pintada de color azul. Pero el árbol gigante, ese árbol, ya no estaba igual. Quizá intentaron cortarlo, sólo estaba la corteza.

No pude recorrer las demás habitaciones porque Alex me alcanzó, yo estaba en la cocina, tratando yo sola de darme una buena bienvenida. No quería echarlo a perder. Uno tiene que hacer las paces con todo lo que involucre el pasado, aunque ésta sea una casa.

—¿Así que aquí viviste mucho tiempo Elisa? —me pregunta Alex sacándome de mis recuerdos.

—Sí, así es. Toda mi niñez, mi adolesencia... y...

—¿En dónde quieres que deje las cosas?

—En la sala, quiero ocupar una de las habitaciones de abajo, ya ves que dijo el doctor que no podía andar subiendo escaleras, y quiero estar cerca del baño, tú sabes...

—Sí, lo sé querida, tus naúseas matutinas.

—Amor, acuérdate que tenemos que revisar los aparatos eléctricos. Quizá no funcionen, y es mejor darnos cuenta... afortunadamente trajimos nuestro televisor.

—Sí, dejame checar eso.


Mientas Alex checaba si los aparatos que mis padres habían dejado funcionaban. Me dirijí hacia las escaleras, pise un escalón y me detuve. Fue como transportarme en el tiempo. Cerré los ojos y las cortinas de los grandes ventanales del salón de estar comenzaron a ondulearse.

Subí con esmero esos escalones en los cuales yo había recorrido un montón de veces, pero en los que una vez bajé para escapar, para no pisarlos jamás. Y ahora estaba ahí plantada, tratando de subirlos. Pero ya no sola, sino dentro de mí, había una vida. Éramos los dos los que estábamos subiendo las escaleras. Mi bebé y yo. Yo con un miedo que regresó. Un miedo que creí que ya no volvería jamás.

Abrí los ojos, y ya me encontraba en aquel pasillo, en ese largo pasillo. El sol ya se estaba metiendo, y había mucha oscuridad. Abrí una a una las habitaciones, y cuando las abría los recuerdos pasaban sobre mí como fotografías. En aquellas paredes había tantas historias. Llegué al cuarto de Alexa, las paredes aún conservaban el lila que ella había escogido para su cuarto, y que a mí me había parecido ridículo porque todas las habitaciones tenían un color uniforme, sólo el de mi hermana desentonaba.

Ahí estaban, algunos de los que fueron sus muebles, viejos y con polvo. Toqué con mis dedos la superficie de ellos. Y temblé. El olor, un olor espantoso se esparcía por las habitaciones. Quise abrir la ventana del cuarto de Alexa; al abrirlo, me corté... estaba roto el vidrio. Creo que alguien había entrado a robar cuando supieron que la casa estaba sola. Y así como han de haber entrado creo que salieron huyendo. Una casa vacía siempre es inofensible. Eso han de haber creído. Pero obviamente se equivocaban.

Caminé de nuevo hacia el pasillo y estuve unos minutos afuera de esa habitación, la que más me producía temor. Esa habitación era la de mis padres, cuando pase mi mano por la cerradura al abrirla la puerta rechinó. Mi corazón latía a mil por hora. El bebé me comenzó a patear fuerte el vientre. Y retrocedí, retrocedí hacia las escaleras. Bajé corriendo, tan así que olvidé que estaba embarazada.

Me dirijí al baño de uno de las habitaciones de la planta baja, sequé mi sudor. Mis uñas estaban marcadas en las palmas de mis manos. Y miré mi rostro pálido, desencajado. No creí que volvería a sentir todo aquello. Cuando mi madre y yo convenimos en que sería bueno que ocupara la casa vacía. Olvidamos un asunto, creímos que al huir todos, todo se había acabado. Pero no terminó. Quizá quisimos creerlo así, por el bien de todos.


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Ayudé a Alex a bajar las cosas más ligeras del auto, no quise preocuparlo con las sensaciones que me habría producido recorrer las habitaciones. Quizá sólo estoy nerviosa, nerviosa por lo del bebé, la mudanza, los cambios de mi vida. Traer un hijo al mundo no es cualquier cosa, no es una mascota ni un mono de peluche. No vienen con instructivos.

Y hablando de mascotas, cuando estuve en el baño secando el sudor de mi rostro. Percibí un maullido, ¿habría un gato dentro de la casa? Mi mamá no me comentó nada, suponiendo que la casa ha estado vacía. Bueno, le preguntaré a los vecinos cuando los vea.

—Amor, estás muy callada, ¿te sientes mal?—me preguntó Álex algo preocupado por la expresión de mi rostro—.

—No, corazón, me siento bien, sólo es el calor. Y la panza realmente me pesa—le digo para tranquilizarlo, acariciando mi abultado vientre.

—No te lo quería decir, pero ya tengo demasiada hambre, ¿tú no?

—La verdad sí, pero creo que es mejor que empecemos acomodar las cosas, antes de que oscurezca.

—Bueno, apúremonos entonces, ¿qué hacías hace rato? ¿ya decidiste en qué habitación poner las cosas?

—Sí Álex, hace rato te comenté que tomáramos una habitación en la planta baja, cerca del baño. No quiero subir escaleras. Y... eso será lo mejor.

—Pero, de igual manera, tendremos que limpiar toda la casa ¿no crees? Hay demasiado polvo, y sé que eso no es bueno para tu asma.

—Lo sé, pero primero lo primero, mañana limpiaremos, ahorita, la verdad... creo que ya me siento cansada y no quiero subir.


Conociendo a Alex como es de terco, quería quitarle la idea de limpiar toda la casa, pues no terminaríamos nunca de limpiar cada rincón. Y para ser sincera, no quería subir, y volver a sentir lo que sentí. No quería ni siquiera pensarlo. No sé si era producto de mi imaginación, o si ya estaba yo chocheando. Quizá el embarazo me hacia ser muy susceptible. Quizá era mi vista cansada. Y ya el lunes tenía que volver al trabajo después de unas semanitas de vacaciones. Dizque vacaciones, porque estar en casa soportando a las hermanas arpías y metiches de Alex, obviamente que no eran vacaciones. Pero sí, al menos, dejé de descansar mi vista. Estar todo el día detrás de una computadora, como editora de textos, es agotador. Aunque amaba mi trabajo, siempre quise trabajar exactamente para el periódico en el cual trabajaba, pero también tenía que decir, que era muy cansado. Y más en mi estado, en el que quería pasármela dormida todo el día. Alex hacia muchas cosas por mí, quería que yo estuviera a gusto, me consentía demasiado, más chiflada no podía estar.

Mientras acomodaba mis cosas personales en un mueblecito de madera que mamá había dejado y Alex se encargaba de bajar todas las cosas del auto. Escuché el tronido de un cristal, algo o alguien había roto algo, el sonido provenía de la casa de madera que mi padre habría construido en el patio. No quise averiguar, pues ya estaba muy oscuro, los fotos del patio exterior no servían. Pero sentí correr en mi piel algo helado, dos ojos rojos me veían a lo lejos, en uno de los ventanales de la casa de madera. Me quedé petrificada, no supe que hacer, no me salió la voz. Y ahí estaba ella, de nuevo, con un maullido de ultratumba que resonó en mis oídos.